Depende de los trabajadores
Por Osvaldo Andrade
Diputado PS electo
Durante 2010 esperábamos instalar en el centro de la agenda pública la discusión sobre el tema laboral. Ello, para avanzar y reducir el déficit que en este plano tiene nuestro país: la necesidad de que trabajadores organizados y sus empleadores puedan discutir y acordar directamente las condiciones de trabajo y, por esa vía, incrementar la productividad, mejorar sus ingresos y su participación en la distribución de la riqueza que les sigue siendo tan lejana y escasa.
Este año discutiríamos sobre productividad, sindicalización, diálogo social y negociación colectiva, ésta última, como el mecanismo que el mundo moderno ha entendido como la forma adecuada de generar riqueza y para que ésta se distribuya entre aquellos que contribuyeron a generarla. Recordemos, también, que el alarmante déficit que tenemos en esta materia nos ha sido representado por la Ocde y nos ha interpelado en el sentido de mejorar este instrumento de negociación.
Nuestro desafío sería reestablecer un espacio adecuado para que la conversación entre trabajadores y empresarios se desarrolle equilibradamente. Se trataba de contar con un mecanismo institucional de negociación que permitiese llegar a acuerdos y que fueran respetados legítimamente por las partes. Lo que en muchos casos hoy no sucede.
Debíamos conversar sobre sindicalización automática, derecho a huelga, término de reemplazos y descuelgues, ampliación de cobertura y materias de negociación, el fin del polizonte, el control sobre el abuso de fueros, el escándalo de los multi-ruts, el término de la subcontratación impropia, la sectorial, en fin, tantos temas pendientes. En definitiva, hablar sobre un nuevo orden laboral basado no en el temor de los empresarios a los trabajadores y a sus sindicatos, sino que en relaciones simétricas y constructivas, de respeto y cooperación mutua.
Pero hemos tenido un traspié, la derecha en el gobierno lejos de desalentarnos, nos debiera convocar a un esfuerzo mayor para el logro de estos objetivos, pues tenemos la convicción de que si no pasamos el test de las relaciones laborales modernas y justas que exige una economía abierta como en la que vivimos, nuestra economía perderá competitividad y se verá en serio riesgo alcanzar el horizonte del desarrollo.
Tenemos muchos temas pendientes y un alto riesgo de que no se aborden y que se termine imponiendo la vieja lógica de que “hay que cuidar a los ricos, porque dan empleo”. Por ello, el desafío para los trabajadores organizados es inmenso. Por un lado, deberán cautelar la mantención de los derechos adquiridos y que, eventualmente, pudieran estar amenazados. Por otro, tendrán que avanzar en instalar un clima de confianza en que la lógica sea el diálogo entre los actores del mundo del trabajo, pues es fundamental para crecer y distribuir, de modo que a todos nos vaya bien.
Esto debe ir acompañado de un esfuerzo especial por parte de los trabajadores organizados y de su dirigencia sindical. El mundo del trabajo sabe que sólo logrará avanzar si se constituye en un actor con musculatura para sustentar sus posiciones. Por eso, hay que obviar disputas menores y poner en el centro los propósitos comunes.
Será un desafío del nuevo gobierno dar legitimidad a los actores sociales del mundo del trabajo. Esta será la única vía que tendrá para avanzar en sus propuestas programáticas y de ningún modo debe intentar la división del sindicalismo o poner en tela de juicio su representatividad: el diálogo sólo es posible a partir del reconocimiento y del respeto del otro. Intentar arrinconar al sindicalismo sólo traerá malas consecuencias.
Ver columna en La Tercera.





